lunes 27 de julio de 2009

SAVIADURÍA – Parte LXXVII

La contagiosa oblicuidad de su mirada no tardó en impregnar en mí el inefable afán de su contemplación; mas en ello me complazco por traer aquí los hitos que me condujeron a la prosternación; ergo, débole gratitud.

Fervoroso despeñábase un haz de luz, embozando, segundo a segundo, la tachuela que de tamaño mayor a la empleada por los zapateros, sobresalía del madero.
Destino de devotas caricias ansiando imprimir de hoy, o extraer de lo que ayer fue transfixión, lamentos, me parecía escuchar de cuando en cuando:
¡Dentro de tus llagas, escóndeme!
Reconocimiento; súplica; sosiego.

El funículo de la mirada conectaba los embozos con la mano que asomaba por la boca de una hornacina. Entre ambos, el brote de dos columnas reducían mi campo visual; soslayable reducción ciertamente, por cuanto advertí en estas, una suerte –si tal expresión cabe- de venas comunicantes entre el fresco de la Última Cena en el velo del templo, con las espolvoreadas astillas en torno al embozo.
Sangre de Cristo, embriágame. Agua del Costado de Cristo, lávame.
Alianza.

Grácil, con aire bienhadado y natural disposición, entre las gruesas columnas y aquella mano en lo alto, sublime bendición, el joven dueño de la contemplación se detuvo en mi horizonte.
Imponiéndole acomodación a su chaqueta como quien desciende de un carruaje tras un fatigoso viaje, y mientras sostenía con firmeza un attaché en una mano y fresias en la otra, con circunspección reverenció la imagen.
Continuando su marcha hacia otro punto cardinal, y yo animado tras él, sin mediar reparo alguno presto trepó por una escalerilla próxima al sagrario y acomodó las fresias húmedas en la nuca del Crucificado.
Un sacerdote, saliendo de la sacristía, al ver al joven sonrió, e inexplicablemente también lo hice yo.
El joven me miró, diciendo: Entre su cerviz y el madero refulge el cáliz servicial; indubitadamente afluyó a mí el lavatorio de los pies.
Pasión de Cristo, confórtame. Cuerpo de Cristo, sálvame.
Confianza.

Discípulo de fe; extasiado frente al Cristo y bebiendo mi alma de ese hontanar de misericordia, al joven le escuché decir:

Qué excelsitud reside en tu mirada descalza hollando sin rozar; mirada descalza que despoja, retorna y colma; mirada descalza que doblega la ruindad, ensalzando la obediencia, la nobleza y dignidad; transparente mirada descalza que, oteando desde ese cáliz servicial, dice: ¡Conviértete y ven a mí para gozar del proceder recto!...
¡Oh buen Jesús!, óyeme.
No permitas que me aparte de ti. Del enemigo maligno, defiéndeme.
Pascua.

… mirada descalza, ungüento de trinitaria fe definiendo el Camino, la Verdad y la Vida; ¡ay mirada descalza, ventanas de cielo, resérvame una habitación; y sólo habiendo cumplido con tu santa voluntad pueda ser digno de residir en ella. En vos confío, Dios mío!
Alma de Cristo, santifícame. En la hora de mi muerte, llámame. Y mándame a ir a ti, para que con tus santos te alabe, por los siglos de los siglos.
Eternidad. Acción de gracias. Eternidad.

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Mi nombre es Virdomel y les agradezco la compañía. En el interior del rastrojero hace muchííííííísimo calor, pero bueno, hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa bajo el sol como dice el Cohelet, y por lo visto ha llegado para mí el momento de partir. No, no sé adónde.
Me daba no sé qué viajar, pero esta vez acepté la invitación; así que tomando mi almohadoncito de fondo negro tornasolado con sus cinco flores y dos tallos con esa sucesión de ochos horizontales, todo en dorado, y una mochila con lo estrictamente necesario, llevaré también conmigo unas copias de SAVIADURÍA para compartir por otras rutas. Por ésta espero que les haya gustado.
Como diría alguien que conozco: ¡Que Dios bendiga vuestros sueños, tiempos y espacios!
Hasta otro momento si Dios así lo quiere.

“…Que el Dios de la paz haga en nosotros lo que es agradable a sus ojos, por Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén…” (Heb. 13, 21)