Mi nombre es Virdomel, y creo que todo comenzó aquel día que regresaba de la casa de Marcela.
Largo rato había estado conversando con la noble señora quien, puertas abiertas de honor y de amistad, prestaba oídos a mis expectativas y desventuras. Caritativa por excelencia, solía yo visitarla bien aliñado y perfumado para estar acorde con su integral pulcritud; y tengo presente que ese día portaba yo un attaché, porque desde temprano había estado buscando un empleo. Me retiré de su hogar con un budín y ropa que me había obsequiado. Agobiado por el trajín, lentamente me dirigí hasta la parada del colectivo. Recuerdo que caminé tres cuadras más para ahorrarme cinco centavos, y de camino perdí de tomar algunos colectivos que pasaron, pero debía llegar allí porque era precisamente en donde cambiaba la sección del recorrido.
Extraje el ticket, tomé asiento y procuré relajarme; a pocos metros se trepó un vendedor ambulante con sus necesidades a cuestas. Yo por un instante las había hecho sentar, y llevaba entre las prendas en una bolsa muy coqueta, un frutado budín, al que cuidaba como si transportara una torta de cumpleaños, no precisamente para mí.
Largo rato había estado conversando con la noble señora quien, puertas abiertas de honor y de amistad, prestaba oídos a mis expectativas y desventuras. Caritativa por excelencia, solía yo visitarla bien aliñado y perfumado para estar acorde con su integral pulcritud; y tengo presente que ese día portaba yo un attaché, porque desde temprano había estado buscando un empleo. Me retiré de su hogar con un budín y ropa que me había obsequiado. Agobiado por el trajín, lentamente me dirigí hasta la parada del colectivo. Recuerdo que caminé tres cuadras más para ahorrarme cinco centavos, y de camino perdí de tomar algunos colectivos que pasaron, pero debía llegar allí porque era precisamente en donde cambiaba la sección del recorrido.
Extraje el ticket, tomé asiento y procuré relajarme; a pocos metros se trepó un vendedor ambulante con sus necesidades a cuestas. Yo por un instante las había hecho sentar, y llevaba entre las prendas en una bolsa muy coqueta, un frutado budín, al que cuidaba como si transportara una torta de cumpleaños, no precisamente para mí.
El vendedor manejó con suma destreza un discurso convincente; supo cómo atraer la atención de su auditorio móvil ofreciendo unas agendas menudas, a muy bajo precio, pero con un precio al fin. Seguidamente se dirigió a mí con tono amable preguntándome cómo estaba; por gentileza y circunstancias no entré en detalles, y con gesto cordial retribuí el suyo con un: ¡muy bien, gracias!.
Días atrás, un hecho desgraciado había conmovido y enlutado a la opinión pública, y lamentable fue que le sirviera al vendedor de apoyatura a los recursos de su discurso para concitar más la atención, y dijo: ¡usted es un indolente!, ¿cómo puede alguien en esta sociedad estar bien, luego de lo ocurrido en estos días? -preguntó el señor en voz alta, buscando consenso entre los pasajeros respecto de su apreciación- ¡es evidente que a usted nada le falta y en todo le va bien!...
Recorriéndome con mirada torva, prosiguió desatando un lenguaje liviano y procaz en contra de mí. Yo no entendía nada; me estaban por saltar las lágrimas sobre la ropa regalada, el budín frutado y el ticket que revelaba los cinco centavos que me había ahorrado. Y el señor continuaba con saña hacia la indolencia que había impreso a su gusto en mí. El resto del pasaje me miraba, y yo pesaba mi pasaje. Descendí del vehículo nueve cuadras antes de mi casa; preferí caminar antes que responderle a quién sabe quien, y qué; aunque lo peor es para qué, porque ello en cierto modo importaría un prejuicio..., en fin. En las solicitudes de empleo que llevaba en mi maletín, no tenía lugar para agregar ese dolor en el perfil de mi personalidad, así que lo ahogaba en la sensibilidad de mi silencio.
...
Apelé a la oración. En ella invoqué de modo férreo a la creatividad, inusual y de escaso tránsito en mi interior, pero debía descubrir el antídoto contra aquel propio dolor, y al mismo tiempo ajeno, porque creo que él (aquél señor) no se daba cuenta de la magnitud de su dolor.
Pasé mucho tiempo sin obtener respuestas a mi inquietud. Ensimismado en la consecución de un empleo, atendiendo los problemas de salud y a las adversidades que producían transfixiones en mi casa; no podía hallarme con la alquimia necesaria. Y el tiempo se toma su tiempo.
Buscando un par de medias, encontré una funda de almohadón, bien doblada y sin quiebres y en exceso bonita, sin estrenar, que había pertenecido a mi familia, y sobre cuyo fondo negro tornasolado, refulgían en un dorado muy vistoso, cinco flores contorneadas por una sucesión de ochos horizontales. Permanecí admirando lo que sobresalía de lo negro. Improvisé un relleno y lo dejé sobre la cama. El relleno fue el aderezo que exaltó su excelsa belleza.
Regresé otra vez -sin aparente éxito- de andar buscando un empleo, y me arrodillé sobre el almohadón para rezar. Y percibí una especie de resultado, entre las fórmulas que enfilaban dentro de mi ser y que quizá significaban mi relleno.
Algo me alertó sobre la propiedad intelectual, infiriendo en que el único dueño, y depositario del registro de ella era Dios, que infunde una savia especial en las almas sedientas, y que cuando se dan cuenta de la recíproca sed (entre ellas), primarias en un punto, vivida y buscada por distintos caminos, luego..., al fin y al cabo arriban al mismo bebedero. Y se transmiten, cuando quieren, la savia que transporta el amor.
Ahora bien: ¿será tan sabia la savia que transporta amor?
Alguien lo confirmó con inmaculadas obras en algún tiempo; y lo reafirma en la estela que la historia cuenta; y en la fe se arraiga a diario y se reescribe..., conservando la única y universal esencia.
Me convertí en una especie de explorador (que sólo Dios sabrá además, a quién o a quiénes también busco yo), y a la vez en un mendicante de amor...
Pasé mucho tiempo sin obtener respuestas a mi inquietud. Ensimismado en la consecución de un empleo, atendiendo los problemas de salud y a las adversidades que producían transfixiones en mi casa; no podía hallarme con la alquimia necesaria. Y el tiempo se toma su tiempo.
Buscando un par de medias, encontré una funda de almohadón, bien doblada y sin quiebres y en exceso bonita, sin estrenar, que había pertenecido a mi familia, y sobre cuyo fondo negro tornasolado, refulgían en un dorado muy vistoso, cinco flores contorneadas por una sucesión de ochos horizontales. Permanecí admirando lo que sobresalía de lo negro. Improvisé un relleno y lo dejé sobre la cama. El relleno fue el aderezo que exaltó su excelsa belleza.
Regresé otra vez -sin aparente éxito- de andar buscando un empleo, y me arrodillé sobre el almohadón para rezar. Y percibí una especie de resultado, entre las fórmulas que enfilaban dentro de mi ser y que quizá significaban mi relleno.
Algo me alertó sobre la propiedad intelectual, infiriendo en que el único dueño, y depositario del registro de ella era Dios, que infunde una savia especial en las almas sedientas, y que cuando se dan cuenta de la recíproca sed (entre ellas), primarias en un punto, vivida y buscada por distintos caminos, luego..., al fin y al cabo arriban al mismo bebedero. Y se transmiten, cuando quieren, la savia que transporta el amor.
Ahora bien: ¿será tan sabia la savia que transporta amor?
Alguien lo confirmó con inmaculadas obras en algún tiempo; y lo reafirma en la estela que la historia cuenta; y en la fe se arraiga a diario y se reescribe..., conservando la única y universal esencia.
Me convertí en una especie de explorador (que sólo Dios sabrá además, a quién o a quiénes también busco yo), y a la vez en un mendicante de amor...
(Si Dios quiere, en los próximos días esta historia continuará).

